El año de Enrique Collar: Entre la memoria y el horizonte

Hay artistas cuya obra puede leerse como una sucesión de etapas y otros cuya trayectoria se revela como un único relato en permanente transformación. En el caso de Enrique Collar, más de cuatro décadas de producción han construido un universo donde la memoria, el paisaje, la identidad y la tecnología dialogan sin contradicciones.

Radicado en Rotterdam desde hace más de veinte años, el pintor ha consolidado una voz singular dentro del realismo contemporáneo, sin perder el vínculo con sus raíces paraguayas.

La exposición retrospectiva Todo el tiempo del mundo, organizada a partir de la Colección PoPa; la celebración de los treinta años del grupo El Mito Real en el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson de San Juan; su participación en ArteCo junto a BGN / Arte; y la reciente recepción de la Orden Nacional al Mérito Comuneros marcaron un año especialmente significativo en su trayectoria. En esta entrevista, reflexiona sobre la memoria, la identidad y aquello que permanece inalterable en su búsqueda artística.

Vivís y trabajás en Holanda desde hace más de dos décadas. ¿Cómo dialogan hoy esa distancia geográfica y tu conexión con el paisaje, la memoria y la identidad paraguaya?

En 2020 decidí volver a pintar el Paraguay. Hacía ya 17 años que no lo hacía. Hubo muchas razones para ello, conscientes e inconscientes, como suele ocurrir. Entonces descubrí que la distancia no existía. Lo que sí había cambiado era la mirada, la experiencia y mi manera de entender la pintura.

Se activó la memoria. Volví a mis dibujos y a mi archivo de negativos analógicos de 35 mm. Al comenzar a escanearlos, me vino un entusiasmo enorme, como despertar de una larga siesta. Comprendí que mi obra paraguaya no estaba concluida; que todavía tenía mucho por decir.

La exposición Todo el tiempo del mundo, presentada con obras de la Colección PoPa, propone una mirada retrospectiva sobre más de cuarenta años de producción. ¿Qué sentiste al reencontrarte con trabajos de distintas épocas y verlos dialogar entre sí?

Fue una experiencia extraordinaria y muy movilizante. Se dieron todas las condiciones necesarias para concretar una muestra de esta naturaleza. Había un factor fundamental: no fue necesario localizar obras dispersas ni solicitar préstamos a coleccionistas o instituciones. Todo el conjunto pertenecía a una sola colección, construida pacientemente por Cintya Poletti.

Picasso decía que en arte no se puede hablar de evolución, sino de cambios de pensamiento. Y eso fue lo que experimenté al recorrer la exposición. Reencontrarme con la manera en que pensaba la pintura hace más de tres décadas fue una experiencia intensa. Volver a ver reunido ese largo recorrido fue un regalo de la vida.

¿Qué aspectos de aquel joven pintor de tus inicios siguen presentes en tu trabajo actual y cuáles han cambiado radicalmente?

Mi compromiso con el arte, la pasión por la historia del arte y la búsqueda permanente de conocimiento siguen intactos. También la necesidad de calidad y diversidad en mi trabajo, junto con un aspecto que late en toda mi obra: partir de la realidad.

Necesito de elementos de esta realidad tridimensional para manifestarme en el plano. Ese punto de partida permanece inalterable. Lo que sí ha cambiado son ciertos procesos de construcción.

De joven trabajaba de lo general a lo particular. Hoy hago exactamente lo contrario: comienzo por un detalle y desde allí voy expandiendo la imagen hasta alcanzar la totalidad de la obra.

También cambiaron las herramientas. Mis primeros bocetos eran completamente analógicos; hoy conviven con la fotografía digital, los montajes en computadora y aplicaciones inmersivas de 360 grados. Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: cómo transformar una experiencia de la realidad en una imagen capaz de conmover, sugerir o generar nuevas lecturas.

Recientemente fuiste incluido en una importante exposición en el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson de San Juan. ¿Qué significó llevar tu obra nuevamente a Argentina?

Recibir la invitación en representación del grupo El Mito Real —que conformamos junto a Víctor Quiroga y Carlos Gómez Centurión— fue algo profundamente emotivo. La misma implicaba una legitimación importante. Además, como Víctor ya no estaba físicamente con nosotros, su ausencia se hizo muy presente durante todo el proceso.

Sentí que cerraba un círculo, que concretaba algo que habitaba aquellos primeros sueños de juventud cuando comenzaba a imaginarme artista en Buenos Aires.

La exposición, curada por Roberto Amigo, fue extraordinaria. La respuesta del público también. Estudiantes, artistas y visitantes conectaron profundamente con la propuesta de tres pintores que, desde distintos territorios, abordamos nuestras regiones, mitos, memorias y realidades.

Al recibir la Orden Nacional al Mérito Comuneros, mencionaste que la distinción pertenecía también a Itauguá y a todos los paraguayos que llevaron su memoria más allá de las fronteras. ¿Cómo dialoga esa identidad migrante con este reconocimiento otorgado por el Paraguay?

Leí un texto que escribí donde resumí mi vida. A la mitad dije: “Todo esto para decir gracias, Argentina”.

Fui parte de ese millón de paraguayos que viven en Buenos Aires, o que van y vienen, habitando ese territorio flotante. Gran parte de la cultura paraguaya se gestó allí: desde Carlos Federico Abente y Asunción Flores hasta Roa Bastos y Elvio Romero, entre tantos músicos, poetas y laburantes que forjaron nuestra historia y lucharon contra la última dictadura.

Si pudieras elegir una obra de toda tu trayectoria que sintetice quién es hoy Enrique Collar como artista, ¿cuál sería y por qué?

Hoy tengo claro que elijo Casa Abandonada, hace poco terminada. Es una síntesis de tiempo, memoria y desplazamiento cultural. Nace de una experiencia paraguaya, pero también de más de veinte años de convivencia con la tradición pictórica europea. La obra utiliza el lenguaje del realismo contemporáneo para hablar desde una identidad latinoamericana. No busca imitar Europa, sino incorporar sus herramientas para reinterpretar el propio origen.

La exuberancia de la naturaleza, la arquitectura y los personajes remiten a una memoria local profundamente arraigada. Al mismo tiempo, incorpora procesos derivados de la imagen digital y las nuevas tecnologías visuales.

Se sitúa en el cruce entre tradición y contemporaneidad, entre materia y píxel, y reflexiona sobre la migración, la pertenencia y la construcción de una mirada propia.

Más que una casa abandonada, la pintura muestra un territorio habitado por la memoria, la pintura y el tiempo vivido. No niega la tecnología; la atraviesa. No renuncia a la tradición; la transforma. No abandona su origen; lo reinterpreta.

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