Jorge Enciso: Las preguntas que deja el barro

En 2014, Jorge Enciso llegó a un taller impartido en El Cántaro Bioescuela Popular, en Areguá. Venía del mundo del Derecho, pero también de una crisis personal que lo llevó a hacerse varias preguntas sobre el sentido de la vida. El encuentro con la arcilla terminó abriendo una puerta que, en realidad, siempre había estado ahí: su relación con el arte.

Para Jorge, el Derecho y la cerámica no son mundos opuestos. Uno está atravesado por la palabra; el otro le permitió trabajar justamente con aquello que no encontraba cómo decir.

“La cerámica fue el punto de partida en el que empecé a trabajar materialmente mis silencios, mis emociones, mis pensamientos”, dice.

La llegada al barro tampoco fue producto de un plan demasiado definido. Una visita a un museo en Asunción, rodeado de piezas de cerámica y de arcilla, le hizo pensar que quizás era momento de volver al arte, algo que había formado parte de su vida desde chico. Después vino la investigación, los talleres y finalmente Areguá. El barro hizo el resto.

“El barro me domó”, cuenta. Porque hay algo en la arcilla que la diferencia de otras disciplinas: no permite postergar indefinidamente una decisión. Mientras un dibujo puede quedar sobre la mesa y retomarse semanas después, el barro se seca y obliga a seguir.

“Encontré una relación casi perfecta entre mi ser, la materia y las posibilidades de lenguaje”. Pero hay algo más: la pieza tampoco termina cuando deja de ser modelada. El fuego todavía tiene la última palabra.

Su trabajo parte de la cerámica mestiza, una tradición que, para Jorge, no puede entenderse como algo cerrado. Es el resultado de encuentros, intercambios, adaptaciones y también pérdidas.

“La condición mestiza no la entiendo como una síntesis o algo terminado, sino como un proceso con muchas tensiones, contradicciones, pérdidas e incorporaciones”.

Desde ahí mira también hacia el pensamiento guaraní. No para reproducirlo de manera literal, sino para acercarse a una forma de entender el mundo diferente de aquella con la que fue educado. Le interesa especialmente esa relación en la que la tierra, los ríos, las plantas y los animales no aparecen simplemente como recursos a disposición del ser humano.

Quizás por eso Paraguay está en su obra, aunque no haya una figura que lo represente de manera evidente. “Naturalmente, en mi obra está presente el Paraguay, sin representarlo con figuras reconocibles”, explica. Está en la técnica, en la historia, en las influencias y también en una contradicción que atraviesa su trabajo: el deseo de conservar y, al mismo tiempo, de transformar.

Esa búsqueda fue llevando sus piezas de la figuración hacia la abstracción. El cambio, dice, apareció de manera natural a medida que avanzaban sus propias preguntas sobre identidad, territorio y mestizaje.

“Me llevaron al plano de pensar primero como ser humano y luego como ser humano en relación con todo lo que existe, lo visible y lo invisible”.

SUS OBRAS POR EL MUNDO

Sus piezas comenzaron a salir de Paraguay. Fueron expuestas en lugares como París y São Paulo, y ese traslado produjo algo interesante: otras personas empezaron a mirar su trabajo sin tener necesariamente las referencias culturales desde las que él mismo lo había construido.

En Europa, cuenta, primero el público se fija en las formas, las líneas, el grafismo, la ausencia de esmaltes. Después llegan las preguntas sobre el origen y las motivaciones. Ese proceso hizo que incluso él comenzara a mirar de otra manera su propia obra.

“En el contexto europeo y de cierta manera el brasilero, la obra tomó más autonomía”.

En febrero de este año participó en Exposição em construção, en la Galería Leme de São Paulo, donde trabajó durante un mes dentro de la sala, a puertas abiertas. El público podía acercarse, observar, preguntar y volver a visitar el espacio para ver cómo las piezas iban cambiando.

Trabajar de esa manera fue distinto a su proceso habitual. Tuvo que explicar en voz alta decisiones que normalmente suceden puertas adentro, mientras las obras todavía estaban en construcción.

“Creo que me ayudó a pensar mi obra desde un lugar diferente, el del proceso, convirtiéndose en el motor principal de esa actividad”.

Porque si hay un momento que especialmente disfruta es justamente ese: cuando la pieza todavía está siendo construida. Allí aparece una negociación constante entre lo que imaginó y lo que la materia permite.

“La materia pone límites a las ideas”, explica. Y muchas veces esos límites terminan llevando la obra hacia otro lugar.

Después de más de una década trabajando con barro, Jorge no parece demasiado interesado en establecer una meta final. Su investigación continúa alrededor del mestizaje, el animismo, la arquitectura y la relación con la naturaleza.

Se pregunta qué pasaría si dejáramos de mirar las plantas, el barro, los ríos o el territorio solamente como objetos y empezáramos a reconocerlos como presencias con las que nos relacionamos.

Quizás su búsqueda hoy tenga menos que ver con encontrar respuestas y más con aprender a formular mejores preguntas.

“Estoy menos interesado en encontrar respuestas definitivas, intuyo que no las hay. Creo que se trata de formular preguntas cada vez más precisas y permitir que las obras intenten responderlas”.

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