Julio Zárate: entre herencia familiar y mirada propia

Por Valentina del Valle Rodil | Fotos: Felipe Román Sitjar | Locación: Piso 7 Studio

Con más de dos décadas detrás del lente, Julio Zárate lleva en la sangre el oficio de capturar momentos. Hijo de fotógrafo, creció entre rollos, cámaras y álbumes familiares, rodeado de imágenes que contaban historias incluso antes de que aprendiera a leer. Esa conexión temprana con la fotografía marcó su destino profesional y lo llevó a construir una marca reconocida, con identidad propia y un fuerte sentido humano detrás de cada retrato.

Julio recuerda con claridad el olor del laboratorio de su papá, las fotos impresas por todos lados y los estuches de películas con los que jugaba de chico. “Crecí mirando fotos de gente que no conocía, pero que me enseñaron a entender la vida a través de las imágenes”.

Su primer contacto como asistente llegó a los siete años, en una misa escolar. A los diez ya ayudaba con frecuencia en eventos, sin imaginar que aquel juego de infancia se convertiría en su camino profesional.

Julio encontró en la fotografía social su lugar natural. No por azar, sino porque en ella confluyen el arte y la empatía. “Más allá de la foto en sí, me atrae la idea de acompañar momentos personales importantes. No se trata solo de apretar un botón, sino de estar presente con respeto y entrega en los hitos que marcan la vida de las personas”, explica. Para él, una boda o una sesión familiar implican una conexión emocional que trasciende lo visual.

Aunque no cree en las etiquetas, define su estilo como una mezcla entre lo editorial y lo documental. “Me gusta descubrir junto con el cliente qué espera de sus fotos y construir eso en equipo. Tengo bastante versatilidad, no me cierro a nada. Cada historia pide una estética distinta”, señala. En los últimos años, también observa cómo las tendencias globales influyen en la fotografía de eventos. “Hoy existe una revalorización de la fotografía analógica, de los tonos antiguos, de las imágenes que evocan sensaciones más que perfección técnica”.

Esa sensibilidad para adaptarse sin perder autenticidad lo llevó a destacarse dentro y fuera del país. Su primera boda de destino, hace una década en Punta del Este, marcó un antes y un después. “Ni en mis sueños pensé que eso era posible. Hoy ya tenemos 25 bodas en 11 países diferentes, y seguimos sumando. Cada viaje es una experiencia inolvidable, por la que me siento muy bendecido”.

Conexión humana

Su filosofía profesional se sostiene sobre una base simple. “Creo que la empatía es esencial. Cuando estoy con la cámara, no existe nada más importante que la persona que tengo enfrente. La fotografía puede ser casi un acto terapéutico si uno logra que el otro se sienta cómodo y libre”, afirma. Ese vínculo genuino es el que, según él, genera confianza y fidelidad en sus clientes, muchos de los cuales lo acompañan desde sus primeros años de trabajo. “Nunca dejo de agradecer a quienes creyeron en mí desde el principio. La gratitud es un mantra que me guía”.

A lo largo de su carrera, Julio se formó en talleres dentro y fuera del país, con figuras como Gabriela Zuccolillo, a quien considera una de sus mayores influencias. “Tuve el placer de aprender de una persona con una obra y una mirada impresionantes. Su enfoque me enseñó a ver más allá de la técnica, a darle un sentido cultural y emocional a cada foto”. También menciona a Raúl Villalba y Bere Crosa, colegas y amigos con quienes comparte respeto y admiración.

Hoy combina el oficio con el liderazgo de un equipo que también lleva su sello. La marca que construyó —junto con el proyecto familiar que comparte con sus hermanas— refleja un equilibrio entre técnica, creatividad y sensibilidad. “Los desafíos me encienden. A veces, mientras los atravesás, los padecés un poco, pero después entendés que te hacen más fuerte y profesional. Cada obstáculo moldea tu carácter”, reflexiona.

Su mirada hacia el futuro es clara: seguir aprendiendo, innovando y evolucionando sin perder cercanía. “La innovación es un compromiso moral con los clientes que confían en nuestro trabajo. Siempre busco hacer las cosas de manera más eficiente y con más alma. Es importante no caer en la soberbia de creer que uno ya lo sabe todo. Los gustos cambian, las miradas se transforman. Por eso hay que seguir aprendiendo siempre”.

Convencido de que la fotografía profesional nunca perderá relevancia, cierra con una certeza que resume su recorrido:

“Dicen que hoy todos somos fotógrafos, pero la necesidad de una mirada profesional no desaparece, solo crece. Trabajo siempre va a haber para el que quiera hacerlo con pasión y entrega”.

Julio Zárate habla desde la experiencia, pero también desde la gratitud. Su historia es la de alguien que entendió que una cámara no solo capta imágenes: guarda instantes, emociones y vidas enteras. Y que, cuando hay verdad detrás del lente, la luz siempre encuentra su camino.

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