Lucy Yegros: Areté

Hay personas que dejan huella y artistas que convierten su propia vida en una obra. Lucy Yegros es creadora visual, exploradora de materiales, coleccionista de historias y mujer de una curiosidad inagotable que construyó durante décadas un universo propio donde conviven la pintura, las fibras, la cerámica, los objetos encontrados, la joyería, la literatura, la naturaleza y una profunda conexión con sus raíces.

Para esta portada, nos recibió en su casa de Asunción, donde arte y vida parecen ser una misma cosa. Allí, entre recuerdos, carrulim, mbeju, risas y obras que aparecen en cada rincón, descubrimos a la mujer detrás de una trayectoria extraordinaria.

SU IDENTIDAD, SU FIRMA

Antes de hablar de arte, Lucy nos recibió con un regalo. Una pequeña “semilla de la suerte”, nos dijo, acompañada de unas palabras de aliento que se sintieron casi como una bendición.

Ese gesto marcó el comienzo de un día que terminaría siendo mucho más que una producción de fotos y una entrevista. Yo ya admiraba a Lucy Yegros desde lejos, como se admira a esas figuras que forman parte de la historia cultural de un país. Pero conocerla de cerca fue otra cosa. En unas pocas horas apareció una mujer cálida, divertida, generosa y, sobre todo, muy auténtica.

Mientras se maquillaba, comenzó a contarnos sobre todo lo que había creado a su alrededor. Su casa es, en sí misma, una obra de arte. Hay objetos, pinturas, materiales, recuerdos y pequeñas intervenciones por todas partes. Nada parece estar ahí porque sí. Hasta una caja de iPad puede convertirse en un pequeño cuadro.

Lucy mira el mundo de esa manera: encuentra algo y lo transforma. La prueba estaba también en lo que llevaba puesto. Unos aros hechos por ella y un anillo realizado a partir de una peineta de su abuela. Con esa humildad tan característica, me preguntó si quería que se pusiera uno de sus aros: “Este lo hice yo nomás, si no te gusta tengo otros que traje de España”. No hubo ninguna duda.

Esos aros eran singulares, inesperados, un poco excéntricos y espectaculares. Creados por y para ella.

Hay algo difícil de explicar en el magnetismo de Lucy. Hablar con ella produce una sensación inmediata de cercanía, como si uno entrara a una casa conocida. No hay distancia ni solemnidad. Tampoco hay interés en aparentar.

Su manera de hablar es espontánea, llena de asociaciones, humor y preguntas. Es una mujer que no parece interesada en tener todas las respuestas. De hecho, su propia imagen lleva una pregunta.

Cuando hablamos acerca de por qué lleva el pelo de esa manera tan peculiar, responde que es un signo de interrogación. “Hasta ahora hay muchísimas cosas que no sé, que me pregunto y que todavía no tengo respuesta. Como, por ejemplo, ¿canta o llora el mosquito al amanecer?”.

También en su estética están los dos puntos que se pinta debajo de los ojos. Una manera de llamar la atención en un mundo donde todos miran sus teléfonos, pero también una idea circular: “salimos de un punto, damos toda la vuelta y volvemos al punto”.

Es una pequeña declaración de principios de alguien que ha pasado la vida mirando. Mirando la naturaleza, los objetos, las formas, todo aquello que otros podrían pasar por alto.

UNA VIDA QUE NUNCA DEJÓ DE TRANSFORMARSE

Lucy nació en Asunción en 1940 y se formó en distintos talleres de arte de Sudamérica, Europa y Estados Unidos. Desde 1982 expone individualmente en Paraguay y en el extranjero. Su trayectoria la llevó a escenarios como el Museo de Arte de São Paulo, el Mino Washi Paper Museum de Japón, distintas exposiciones en Francia y Alemania y la 49.ª Bienal de Venecia, además de numerosas muestras en América Latina, Europa y Estados Unidos.

Pero resumirla como pintora sería insuficiente. Lucy es una artista de múltiples lenguajes. Trabaja con papeles hechos a mano, fibras vegetales, reciclaje de objetos, pintura, instalaciones, performance, literatura, cerámica y orfebrería. En su universo creativo, las fronteras entre disciplinas parecen desaparecer.

Ella misma lo explica con naturalidad: le encanta la cerámica y escribir. Le atrae especialmente el concepto de objeto encontrado: aquello que aparece en la calle y puede transformarse en otra cosa. También cose, borda y trabaja constantemente con las manos.

Su curiosidad parece funcionar de la misma manera que su obra: sin una ruta única. “La naturaleza es muy sabia”, afirma.

Y cuenta que comenzó a pintar para sus hijos, durante una época en la que pasaba mucho tiempo sola en la estancia, sin luz. Pintar fue también una forma de conocerse. “A través de los colores y las formas, uno va sacando lo que está adentro tuyo”.

Esa búsqueda está inevitablemente atravesada por Carlos, su marido, quien falleció y está enterrado en Yataity. Desde allí, cuenta Lucy, se divisa el Ybyturuzú. Es un lugar que ama y donde quisiera dejar una escuelita.

Para Lucy, aquello que muere vuelve a la tierra y se convierte en abono. La muerte no es necesariamente un final, sino otra transformación. Quizás por eso tampoco parece temerle demasiado al tiempo.

Le gusta pintar diosas porque cree que todas las mujeres lo somos. Disfruta de hacer cosas con las manos. Y, sobre todo, le gusta preguntar.

Tal vez ahí se encuentre una de las claves para entender su obra. Lucy no parece crear para demostrar algo hacia afuera. Crea para descubrir algo en su interior.

EL ORIGEN DE ARETÉ

En 1990, cuando fue invitada a exponer en el Museo de Arte de São Paulo, Lucy comenzó a firmar sus obras como Areté. El nombre nació durante un viaje a Brasil, después de un período de ayuno, y quedó asociado desde entonces a su identidad artística.

El término tiene para ella múltiples resonancias. Lo vincula con el guaraní ara, tiempo, y eté, verdadero; también con la idea de una fiesta sagrada.

En el documental sobre su vida, disponible en YouTube, Lucy profundiza todavía más en esa idea. Habla del tiempo verdadero como ese momento en que uno no está haciendo nada. Lo relaciona con el dolce far niente italiano y con el tekorei paraguayo: estar, conversar y tomar tereré tranquila.

Para ella, sin embargo, ese no hacer también es hacer. Jugar con los colores, bordar o crear puede ser una forma de meditación.

Es una idea que parece atravesar toda su vida: no apurarse. Escucharla hablar de esto ayuda a comprender algo esencial de su sensibilidad. Lucy parece pertenecer a un tiempo diferente. Uno donde mirar requiere tiempo, donde las cosas pueden transformarse lentamente y donde la creación no necesariamente tiene que responder a una lógica de productividad.

AREGUÁ, EL CORAZÓN DE ARETÉ

En 1984, Lucy compró una casa en Areguá por cinco mil dólares. Era joven y ya había quedado viuda. Aquel lugar se convirtió en su atelier, en punto de encuentro y en un lugar al que escapaba desde Asunción. “Si esa casa hablara…”, recuerda entre risas.

Hoy la propiedad tiene otro destino. Lucy decidió que se quedaría para el pueblo. Ya está escriturada. Allí funciona Areté Centro Cultural, un espacio dedicado a la creación, experimentación e intercambio cultural, con una sala permanente dedicada a su obra y otra destinada a exposiciones de otros artistas.

La decisión tiene algo profundamente coherente con su manera de entender el arte; aquello que ella construyó a lo largo de una vida no termina en ella.

El centro cultural, inaugurado en julio de 2025, busca fortalecer el sector, fomentar la participación ciudadana y generar un espacio de diálogo entre arte, identidad y comunidad. Desde su apertura, ya se realizaron talleres y muestras en colaboración con Kunumí Areté, la escuela comunitaria y alternativa que funciona en la misma propiedad.

La casa que fue su refugio, atelier y punto de encuentro se transforma así en un lugar para la comunidad.

Cuando le preguntamos qué puede preservar el arte cuando se enfrenta al tiempo, Lucy responde: “Son unas huellas que quedan. El arte queda”. Y si no queda el objeto, queda el recuerdo. “Es lo último que uno olvida”.

UNA MUJER FIEL A SÍ MISMA

A lo largo de la jornada de producción, esa misma mujer que ha expuesto internacionalmente podía bromear con nosotros, recibirnos con un carrulim que había traído del interior y advertirnos: “Tienen que probar, no es como ningún otro que ya han probado”.

Después llegó el riquísimo mbeju casero.

Más tarde nos invitó a conocer su taller, escondido entre su clóset y una habitación repleta de obras y artefactos singulares. Allí, frente a nosotros, pintó su retrato.

Había preparado un haiku: “Solo un rostro de tres líneas y un punto. Es mi retrato”.

El punto, me explicó, es el tercer ojo. Y mientras la observaba pintar, pensé en la cantidad de veces que hemos intentado explicar a los artistas desde afuera. Su trayectoria, sus premios, sus exposiciones, sus obras. Pero en Lucy había algo que trascendía todas esas categorías.

Era más simple. Era ella.

Cuando la contacté para invitarla a ser la tapa de la revista, su respuesta volvió a ser tan auténtica y simpática: “¿Cómo vas a querer la cara de una vieja en tu revista tan linda?”, dijo entre risas.

Hay algo extraordinario en encontrar a una artista con una trayectoria tan extensa y, al mismo tiempo, con tan poco interés en construir una imagen grandiosa de sí misma. Lucy no parece necesitar convencer a nadie de quién es.

VOLVER AL PUNTO

Lucy habla de Paraguay con una mezcla de curiosidad, humor y esperanza. Cree que todavía queda muchísimo por descubrir en el arte paraguayo. “Recién ahora se está empezando a conocer un poco más al artista paraguayo”, expresa.

Y ya piensa en lo que viene: cuenta que el próximo año expondrá en Francia y que ya pintó unas cinco diosas.

También habla de Japón, uno de los lugares que más disfrutó durante sus viajes, y de Hawái, donde vivió durante un tiempo y conoció el yoga y personas que dejaron huella en ella.

No parece mirar hacia atrás con nostalgia. Mira hacia adelante con la misma curiosidad con la que comenzó. Quizás porque nunca dejó de hacerse preguntas para las que no tiene todas las respuestas. Y probablemente ahí esté una de las razones por las que sigue creando.

Al final de nuestra conversación le pregunté cómo le gustaría ser recordada.

“Como un aroma que esparce su perfume”.

Lucy quiere permanecer como una sensación; un recuerdo. Como una imagen que aparece años después y todavía conserva algo de su alma.

Al terminar la jornada, pensé que había tenido el privilegio de conocer mucho más que a una artista. Había conocido a una mujer de alma noble, llena de sabiduría, sin ningún interés en encajar o aparentar. Pura, transparente, divertida. Una mujer que convirtió su casa en un espacio para crear, su curiosidad en lenguaje y su vida en materia artística.

Hay personas que, después de conocerlas, nos hacen mirar el mundo de una manera un poco distinta. Lucy es una de ellas.

Quizás ahí esté su verdadera singularidad: en seguir despertando curiosidad, haciendo preguntas y encontrando belleza donde otros simplemente pasan de largo.

Qué suerte la nuestra poder celebrarla hoy, y hacerlo desde la portada de esta edición.

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