Hay artistas que crean imágenes y hay quienes construyen universos. Yayoi Kusama construyó el suyo desde lo más profundo de su interior. Sus lunares, calabazas e Infinity Rooms conquistaron museos alrededor del mundo, mientras sus colaboraciones con casas de moda y belleza —desde Louis Vuitton hasta Lancôme— llevaron su lenguaje visual más allá del círculo artístico. Durante casi ocho décadas, convirtió sus obsesiones en una estética reconocible al instante y en un fenómeno cultural capaz de conectar arte, moda y cultura popular.
Nacida en 1929 en Matsumoto, Japón, Kusama comenzó a pintar alrededor de los diez años. Desde entonces, las visiones que experimentaba —patrones, luces, flores y puntos que parecían expandirse hasta cubrir su entorno— comenzaron a trasladarse al papel. Aquello que podía resultar perturbador se transformó en materia creativa. Los puntos o lunares, que posteriormente se convertirían en su firma, representaban para ella una idea mucho mayor: el infinito, la repetición y la disolución del individuo dentro del universo.
A finales de los años cincuenta se trasladó a Nueva York, atraída por la escena experimental de la ciudad. Allí desarrolló sus célebres Infinity Nets, pinturas compuestas por patrones repetitivos que parecían extenderse indefinidamente, y comenzó a formar parte de la vanguardia neoyorquina. Su carácter transgresor la convirtió en una figura incómoda para una escena artística predominantemente masculina.

ENTRE ESPEJOS, LUNARES Y CALABAZAS
En 1965 apareció una de sus grandes obras: Phalli’s Field, la primera de sus célebres Infinity Mirror Rooms. El espacio utilizaba espejos para multiplicar esculturas y convertir una habitación en una experiencia aparentemente infinita.
Décadas después, aquellas instalaciones adquirirían una nueva dimensión al convertirse en fenómenos culturales globales, especialmente en la era de las redes sociales. Obras que alguna vez pertenecieron exclusivamente al territorio del arte pasaron a convertirse en experiencias inmersivas capaces de atraer multitudes enteras.
Entre todos sus elementos, las calabazas ocupan un lugar especial. Amarillas, negras, rojas y cubiertas de sus característicos lunares, estas esculturas se convirtieron en otra de las grandes firmas de Kusama.
Uno de sus gestos más audaces ocurrió en 1966, cuando, sin haber sido invitada oficialmente a la Bienal de Venecia, instaló Narcissus Garden: 1.500 esferas espejadas dispuestas en el exterior del pabellón japonés. En 1993 regresaría a la misma Bienal, esta vez como la primera artista japonesa en representar oficialmente a su país.
En 1973 regresó a Japón y, en 1977, ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde permaneció durante décadas. Desde allí continuó trabajando con una disciplina extraordinaria. Lejos de interrumpir su producción, aquel espacio se convirtió en el entorno desde el cual siguió desarrollando pinturas, esculturas, instalaciones y escritos.
EL UNIVERSO KUSAMA EN LOUIS VUITTON
Su vínculo con Louis Vuitton llevó la conversación entre el arte y la moda a una nueva dimensión. En 2012, Kusama colaboró por primera vez con la maison bajo la dirección creativa de Marc Jacobs, trasladando sus característicos lunares a bolsos, accesorios y prendas.
En 2023, la alianza regresó en mayor escala. Su imaginario tomó las tiendas y espacios de Louis Vuitton alrededor del mundo, convirtiendo el universo de la artista en una experiencia que trascendía el producto. En Londres, pude visitar el espacio de Yayoi Kusama en Harrods, el histórico local comercial que fue literalmente intervenido por la artista: 27 escaparates, la fachada completamente cubierta por sus lunares, inmersivos y una instalación inspirada en sus Infinity Mirror Rooms transformaron el espacio en una extensión de su obra.
Una monumental figura de 15 metros de la artista parecía pintar sus característicos puntos sobre el edificio, mientras proyecciones de color llevaban su lenguaje visual a la fachada durante la noche. Incluso la experiencia gastronómica se sumó con una pâtisserie intervenida por sus formas inconfundibles.
Pero quizá su mayor conquista fue convertir un lenguaje profundamente personal en un fenómeno universal. Sus exposiciones recorrieron museos y ciudades alrededor del mundo, desde Japón hasta América Latina. Yayoi Kusama: Infinity Mirrors, presentada en el Hirshhorn Museum de Washington en 2017, recibió 475 000 visitantes; ese mismo año abrió el Yayoi Kusama Museum en Tokio.
Kusama falleció en agosto de 2026, pero sin lugar a dudas, su universo permanecerá en expansión. Su legado está en haber demostrado que una visión profundamente individual puede convertirse en un lenguaje colectivo; que la repetición puede ser identidad y que una obsesión, cuando se transforma en creación, puede trascender generaciones.


